Tabú


   Me cuesta expresarme, todavía estoy en shock por lo que pasó con Micaela. Por un lado, obvio que me sorprende y me pone los pelos de punta que haya pasado acá. Por otro lado, no. En mi adolescencia sufrí acoso callejero reiteradas veces en esta misma ciudad. Conozco a otras chicas a las que también les pasó. Recuerdo que en esa época (los 2000), ni se hablaba de machismo ni de feminismo. Faltaban palabras, faltaba desnaturalizar la cacería humana de los “violines”. Faltaba desnaturalizar la violación. Y todavía falta…
   Después de esos acosos y de ser violada a los 16 años (y un par de cuestiones más que no vienen ahora al caso) me volví indefectiblemente feminista… Vuelvo a los años 2000: en esa época contarle a tus amigos/amigas que un tipo te había corrido por la calle era motivo de risa y hasta de burla. Cuando les conté lo de la violación se pusieron un poco más serios/serias y me dijeron “es que vos tenés que hacerte respetar”. La culpa era, para ellos/ellas, claramente, mía.
   Quitar esa culpa (injusta e injustificada) del cuerpo cuesta mucho. La percepción del propio cuerpo no vuelve a ser la misma después de haber sido tratada como un objeto, una muñeca de goma, una nada insignificante. Después de que tu dolor, tu voluntad, vos no importás. Vos no valés nada. Y sí, ya sé que no fue mi culpa, pero andá a decírselo al fucking inconsciente después de años de escuchar que toooda una sociedad te dice que es culpa de tu ropa, de tu actitud, de tu cuerpo, de tu comportamiento, de no hacerte respetar. Es como si te acostaras a dormir y escucharas una y otra vez el mismo audio con las mismas frases. Entran en tu cabeza (también) en contra de tu voluntad.
   No voy a hablar de las consecuencias. No me quiero extender demasiado. Sólo voy a decir que los mecanismos de defensa que desarrollé a partir de ese momento son una muralla infranqueable que todavía trato de derribar.
   Entonces, y justamente por todo eso, es que no me banco que venga cualquier boludito (perdón por el término pero no encuentro otro mejor) que no entiende nada, al que nunca le pasó nada ni parecido a esto y que tampoco tiene un miligramo de empatía, o cualquier misógino (persona que siente rechazo o aversión hacia las mujeres) a decirme “feminazi” y toda esa catarata de pelotudeces que quién sabe por qué se les ocurre decir para denigrar y ningunear esta lucha que viene de aaaaaaaaaños. De años míos, subjetivos, de luchar con mi propio inconsciente y de años objetivamente hablando, años del mundo, en que mucha gente, no sólo mujeres, se da cuenta del abuso de poder que se ejerce sobre las personas que no son hombres heterosexuales por el solo hecho de no ser hombres heterosexuales.
   No me gusta la violencia, no me gusta gritar, no me gusta enojarme, no me gusta llorar, no me gusta sentir impotencia, no me gusta sentir que las cosas no tienen arreglo, no tienen vuelta, que no hay remedio, pero sobre todas las cosas no me gusta el abuso de poder. No lo soporto. Y sé que no tengo porqué soportarlo. Y sé que si las leyes no me apoyan en eso las que están mal son las leyes, no yo.
   En ese momento no denuncié por vergüenza, porque me faltaban palabras, me faltaban conceptos, me faltaba comprender, porque me faltaba el feminismo. No quería exponerme, me daba vergüenza, no quería hacerle mal a mi familia, sentía que yo los iba a lastimar por lo que me había pasado, tenía miedo, pero sabía que el tipo no era un psicópata suelto. Era un hijo sano del patriarcado. Un misógino más de los tantos que hay. Uno de esos que hace chistes de minas, de esos que se matan por ser el más “macho” del grupo y demostrar que tiene el poder, que detenta el poder, que hace uso y abuso de poder porque eso está bien visto entre los “machos”. Y es eso, todo el sufrimiento que puede llegar a sentir una víctima de ese o de cualquier hijo sano del patriarcado es para que este tipo (u otro de estos tipos…) con cero inteligencia emocional y cero inteligencia en general, gane la competencia de pijas (poder) en el grupo de boludos.

   Así de básico. Así de neandertal. Así de injusto. 

Monólogo fantasmal

   El David de Miguel Ángel viene caminando hacia mí, pero sin mirarme. Tiene una especie de hocico negro de metal que es como un dispositivo, pienso, de seguridad que le han adicionado junto a los demás dispositivos (sigo conjeturando) que permiten que la escultura camine… Debo hacerme a un lado para que pase. Es un robot. El robot más hermoso del mundo.
   Por dentro la galería de arte es como una cueva pequeña, fresca y oscura. Me sorprende porque no es como había visto que era en las fotos. Ni siquiera se parece a una galería de arte.
   Sin darme cuenta me despierto allí, tendida sobre algo. Intento hablar pero no puedo. Tampoco puedo moverme. Quiero gritar pero no tengo voz. Miro la pequeña cúpula que se cierne sobre mí y confirmo que estoy muerta.
   Tal vez estoy muerta hace varias horas y las últimas experiencias vividas no fueron exactamente “vividas”. La muerte se me confunde con el sueño hasta tal punto que no entiendo como no existe un verbo para la muerte. Un verbo equivalente a “soñar” o “vivir”. Que signifique algo así como “estoy experimentando activamente la muerte”.
   Pero claro, ¿a quién se lo va a decir uno? No hay nada más solitario que esto. Hay otras personas o seres, pero no son auténticamente fantasmas que podrían hacerme compañía o al menos compartir estas absurdas y surrealistas experiencias. Son producto de mi imaginación, como todo lo demás. Y entonces ¿yo? Yo existo en mi muerte. Mi muerte es lo único que existe para mí y no puedo experimentar nada por fuera de ella. Es mi realidad. Y si puedo imaginar, entonces existo (gracias, Descartes).
   Cuando uno está vivo a veces el gran dilema es si la realidad depende de uno (“todo está en tu mente”) o no. Acá en la muerte es lo mismo, pero con la diferencia de que parece más evidente la primera opción que la segunda.
   Y ahora sí cabe preguntarse si hay algo más después de la muerte. ¿Moriré de esta muerte para despertar en otra vida-muerte? ¿Habrá otros niveles más de existencia? ¿Se superpondrán los niveles de existencia o, llamémosle dimensiones? Y la última y gran pregunta que me hago: yo que soy un fantasma ¿creo en ellos?


Epifanía

…Me doy cuenta de la existencia de un cuadro pequeño que siempre estuvo ahí. Me lo señala un ángel que me mira a los ojos. Sé que nadie más lo ve. Trato de ignorarlo esperando que la imagen del ángel desaparezca, pero no lo hace. Me sigue mirando y espera que vaya a descifrar un mensaje. Me acerco a él. Su cara es pálida, está vestido con ropa oscura, azul. Tiene alas y aureola. Toda la casa oscureció y se ha convertido en una casa paralela.

   Descuelgo el cuadro que tiene viñetas con dibujos y texto. Son seis viñetas. Artísticamente me parece maravilloso. Deduzco que el autor del cuadro es el ángel. Le pregunto qué quiso decir. Algo me explica, pero no logro entender del todo. O lo he olvidado. En ese momento, en mi casa, hay una reunión familiar y con gente conocida. Alguien cuenta acerca de un invento, un simulador de sensaciones. ¿Querés meterte en una pileta? El simulador hace que creas que estás en una pileta y lo sentís como si fuera real. Yo no estoy de acuerdo con que eso sea maravilloso y comienzo una discusión acerca de la verdad. Mientras tanto el ángel sigue ahí, mirándome, como esperando algo de mí. Decido irme a la calle a caminar para despejar mi cabeza…

   Al volver a mi casa me abre la puerta otro ángel, de remera amarilla. Me da la impresión de que es dulce, bueno y protector. Me siento a una mesa con tres ángeles más y les pregunto sobe el cuadro. Aparece el primer ángel e intenta asustarme. Los demás ángeles le dicen que no lo haga, y él repite dos o tres veces la frase “atacar o irse” como una ley universal o un mantra mientras me mira fijamente. Yo me voy y siento su mirada en mi espalda.

   Pienso que siempre me imaginé a los ángeles de otra manera, no así, tan tétricos como el ángel oscuro... Después, estoy de vuelta en la reunión familiar, en la dimensión correcta, en mi casa original. El cuadro que siempre estuvo ahí es en realidad un espejo. 



In the house again


   Dentro de la casa hay un teatro. También hay túneles y una bomba a punto de estallar en un lugar desconocido. De pronto tengo la certeza: sé que la bomba está en el escenario. En ese mismo instante desaparezco y aparezco afuera de la casa. La veo desde una distancia de una cuadra. En la parte superior, que supongo es un altillo, la pared desaparece ante mis ojos y veo sombras. Recuerdo súbitamente imágenes del altillo, desde diferentes ángulos. Comprendo que la clave está ahí y me aterroriza. 
   Hace cinco años caía agua de ese altillo, como una catarata, y parecía que toda la estructura iba a derrumbarse. En el zaguán tres ancianas muertas me esperaban y me decían amablemente que me fuera de allí, lo cual no consideré un consejo muy revelador. Ni siquiera inteligente.
   No hace mucho, la casa volaba. Era azul y estaba dividida en tres partes. Una de esas partes me correspondía. Misteriosamente un gato de angora gris y gordo entraba por la ventana y se instalaba en mi cama. Esa vez la casa tenía otro aspecto: era luminosa y aireada. Casi alegre. Lo raro fue cuando apareció un hombre gris, con el mismo gesto del gato de angora, que subió las escaleras prohibidas. Lo seguí y llegué al altillo. En el altillo había un baño que tenía una gran ventana abierta que daba al cielo. El hombre gris me aterrorizaba. Estaba siempre en silencio y aparecía y desaparecía misteriosamente. Del terror, quise escapar por la ventana, pero el hombre gris se encargó de hacerme saber que en realidad no tenía alas y lo que estaba por hacer era un suicidio.
    Cierta vez encontré el plano de la casa. Pude ver la ubicación de todas las innumerables habitaciones, los patios (internos y externos), los pasadizos secretos, el altillo, sótanos y demás. Indudablemente es un laberinto.

   La vez que maté a un hombre allí en defensa propia, pensé que la casa iba a desaparecer junto con él. Pero lo curioso es que sigue ahí, esperándome invisible con las puertas abiertas. 

                                                                                                                         Amanda Mandarina

Corriente a favor




   Entraba al mar junto a un grupo de humanos. Era de noche. Nadábamos por debajo del océano junto a otras especies, como ballenas y tiburones, y llegábamos hasta las profundidades más remotas. Allí nos encontrábamos con otros peces gigantes y desconocidos que nadie ha visto hasta ahora ni, en consecuencia, ha podido  clasificar. Lo milagroso de todo esto era que ninguno de esos animales, claramente carnívoros, nos lastimaban…era como si ya estuviera decidido de antemano que no nos comerían. Había una unión cósmica y misteriosa entre ellos y nosotros. Daba la sensación de que perseguíamos un mismo objetivo, y que ese objetivo era más importante que la cadena alimenticia y todo lo demás…
   El mar oscuro, el silencio, los peces milenarios a mi lado, el agua sosteniendo mi cuerpo en movimiento. Era una sensación de paz y perfección (si es  que la perfección se puede sentir) que jamás experimenté en el reino terrestre de los humanos.
   El segundo milagro fue nuestra capacidad (imposible, claro está) para respirar abajo del agua. (Lo más obvio a veces pasa desapercibido…) Es que la forma de distinguir un sueño es a partir de lo milagroso. En todo sueño siempre hay un milagro, o dicho de otra forma, siempre hay una tergiversación o deformación del tiempo y del espacio, y de las categorías lógicas en general (rigen otras leyes) Pero, a veces, esas leyes diferentes se manifiestan en un único momento clave, el momento en el que uno se da cuenta de que está soñando. En esos casos siempre hay un símbolo, una llave. ¿Pero hacia donde nos conduce? ¿Hasta dónde uno puede dejarse llevar?

Pausa o capítulo paralelo

Yo vivo la vida como si me expulsaran de un sifón. Cuelgue le llaman. Pero bien. Sé donde estoy parada, me manejo. Soy real. Serás lo que debas ser o no serás nada.
Campeones de América.

(Puse una lista desconocida en youtube y estoy escuchabdo Billy Idol.)

(Do I wanna know? ♪)

Nací para observar, soy un ser contemplativo. Y en este momento percibo la realidad y pienso en cámara lenta.

La imaginación es un cable conector. O mejor aún: es usar ondas electromagnéticas.

Lo que me enseñó a colgarme en la vida fue la Bilblia. La leí a los 8 años y no me quedó nada. Creo que no presté atención a lo que decía (de ahí lo del cuelgue, porque cuando uno lee sin prestar atención, entonces presta atención a otra cosa. Yo no creo en la mente en blanco ). Me entró subliminalmente, lo cual es peor. Estaría bueno leerla ahora de adulta, a ver qué dice. Pecibo que debe haber muchas contradicciones... Lo escribo escuchando Star me up ♫. Sólo quiero divertirme... El filtro para ser rolinga era saberse el pasito. Yo no pude pasar de ahí.

“No somos nada”, podría haber dicho Bajtín (“los géneros discursivos lo son todo”).


Amanda Mandarina

Capítulo II. El Oso de Moris

   Después de quedarme sin amigas, cambiarme de escuela y engordar hasta más no poder; después de perder toda esperanza en una posible adaptación al mundo circundante; después de sentir rechazo por las personas antes que cualquier otro sentimiento y detestar mi ciudad, mi cuerpo y la vida en general; es decir, después de la plena, profunda y dolorosa adolescencia, desemboqué (así, como un río desbordado) en Buenos Aires.
    Buenos Aires merece más de un capítulo. Merece también un punto y aparte.
    Llegué como flotando en una burbuja de ingenuidad, pero con ganas de escapar de la ciudad de la que venía. (No sé si la palabra escapar suena bien. Por lo general uno piensa que escapar está mal. Escapar de los problemas, no resolverlos, salir corriendo, etc. Que un psicólogo te diga que te estás escapando no es buena señal. Que te lo diga tu pareja, por teléfono, cuando estás terminando cobardemente un relación, tampoco. Cuando te das cuenta que has vivido en cinco ciudades distintas en tres o cuatro años escapando de algo que en realidad está en vos, menos...Yo estaba escapando, puede ser. Pero al ser el primer escape de mi vida, vamos a considerarlo como algo “bueno”, como un principio vital. El oso de Moris se escapó porque en el circo la pasaba mal. No sé que habrá sido de su vida después. Terminaba 5to año, me iba a estudiar. Era sano y productivo. Tal vez no era escapar, sino solo irse... Lo mismo me voy a encontrar haciendo tres o cuatro años más tarde, vuelta a representar el papel del Oso de Moris...
Es importante aprender a darse cuenta de cuándo uno se escapa y cuándo uno se va con la frente en alto. La diferencia es ínfima y a la vez enorme)
   Sigo:
    Me fui a vivir a una pensión en Constitución. Una pensión con balcón que daba a una verdulería y en la que comí muchos alfajores estudiando -en vano- economía. Y sin cucarachas. Hasta ese momento en que llegaba yo, con mi ejército de cucarachas encubiertas en mi radiodespertador. No fui yo, fue la suerte, mala o buena (nunca lo sabré), cuestión es que me tuve que ir, con mi radiodespertador bajo el brazo a conocer otros barrios porteños. Lo lamenté un poco porque me gustaba tomar el colectivo a las 7 a.m. y hacer esas dos cuadras oscuras en las que me cruzaba con travestis y prostitutas. Nunca les tuve miedo. Nunca desprecio. Por el contrario, sentía una extraña admiración. Siempre me pareció gente muy valiente. No debe ser fácil que el mundo te deje de lado y te quite oportunidades. Me hubiera gustado que fueran mis amigas.
    Ahora que lo pienso, hablando de géneros y esas cosas, yo no pensaba todavía como una mujer, es decir, cuando pensaba pensaba en neutro. Todos mis monólogos internos estaban desprovistos de un género en particular. Simplemente pensaba. Y en el fondo me sentía un ser neutro en un mundo demasiado definido.