Viaje astral


Escribo este sueño porque lo quiero recordar ya que no suelo tener sueños tan hermosos… No me acuerdo de todo, sólo de una parte que sé que fue la más maravillosa. Lo sé porque sí recuerdo, sin embargo, las sensaciones del resto aunque no recuerde qué sucedía.
En el sueño estaba dormida y soñaba que me encontraba con unos caballos muy ariscos, justo por detrás de sus patas. Los caballos se asustaron y me patearon, partiéndome la cabeza. Me desperté con una sensación fea y seguí con mi vida (onírica). Después, me sentía muy cansada y alguien me daba la mitad de una extraña pastilla. Yo la tomaba sin ningún cuestionamiento y de repente estaba otra vez atrás de los caballos, pero en el segundo antes de que me patearan yo empecé a elevarme como por arte de magia. Sabía que si no me concentraba y no creía en lo que estaba sucediéndome la gravedad iba a hacer su parte y me iba a caer. Así que, sin dudarlo y sin pensar si estaba soñando o no, me concentré. Volaba cada vez más alto alejándome de los caballos, de la tierra, esquivando los cables de luz, disfrutando de la vista, de las nubes, del aire y de la profundidad del cielo. Sentir la profundidad del cielo es algo muy poco cotidiano, y es una sensación que te abre la cabeza, te hace más sabix, más conciente del universo y la naturaleza. No puedo explicar más, hay que vivirlo…
Alguien me tocó el hombro y me dijo que me había quedado muy colgada por unos segundos. Pensé que, al fin y al cabo, esa experiencia fue producto del efecto de la pastilla que había tomado, y, la verdad sea dicha, me pregunté por qué nunca la había tomado antes.
Yo era otra porque era pelirroja y más baja, y además tenía unos 20 años. Y otra vida, otras circunstancias.Vivía en una comunidad, en una casa rodante. Nuestra ropa era tan pobre y harapienta que no puedo precisar la época en la que me encontraba.

La parte en que volaba esquivando los caballos fue sumamente real. Mi yo del sueño no se daba cuenta de que estaba alucinando, y mi yo de esta dimensión tampoco se daba cuenta de que era una alucinación dentro de un sueño. Tuve que despertarme dos veces, en dos dimensiones diferentes, en dos “cuerpos” diferentes, para recién ahí decir “guau, qué experiencia”.

Es difícil explicar sensaciones, por eso yo simplemente las cuento tratando de transmitirlas. Pero creo que a veces, muchas veces, es imposible.  Hay ciertas cosas que hay que vivir en carne propia (o mentalmente en carne propia) para poder comprender.

Anécdota del ovni



   El infinito no puede constar de una sola dimensión. Debe ser infinitamente repetible (aunque no es la palabra). Si el ovni frenó y apagó su luz, se entiende en una sola dimensión. Si el ovni tomó velocidad y se “apagó” porque se perdió en la distancia al ver al avión que se cruzaba en su irregular ruta, tiene dos dimensiones. Si el ovni entró en un agujero negro, ya hablamos de tres dimensiones - la tercera es la que está del otro lado del agujero negro...-  Si hay dos dimensiones y hasta tres, también debe haber cuatro. Y tiene que haber muchas más. Infinitas. ¡Por qué? Porque ¿cómo puede ser representado el infinito? Tiene que ser infinitamente multiforme. “Forme”. Me quedo corta. Ar iu andersten?. 

Level 1


   Me retracto: no fue un simple machista, sé que se trató de un perverso. Entró, cerró la puerta con llave, la rompió, y con un tono irónico me dijo “Ag! Qué lástima. Ahora no vas a poder salir…”. Sentí nervios en la panza y un leve mareo. El miedo. La desolación. El revés de la esperanza. El otro lado. La oscuridad.
   No respondí nada, solo miré el extenso vidrio de la puerta tratando de encontrar una solución en mi mente. ¿Partirle la cabeza con una botella y después romper el vidrio? Muy jugado, si me salía mal la situación iba a empeorar. Más tarde, ya de mañana,  a través del vidrio espejado  pude ver la gente que andaba por la calle haciendo las compras, pero ellos no me podían ver a mí. Sólo se podían ver a sí mismos. Tampoco me iban a escuchar si gritaba. Además, si gritaba él me iba a pegar.
   Fue la primera vez que no pude encontrar la solución a algo. Fue la primera vez que no me salvó alguien. Fue la primera vez que yo no pude salvarme a mí misma.
   Me dijo que había otra salida, pero no me iba a decir cuál era hasta que yo accediera a hacer lo que él quisiera. Intenté persuadirlo de mil formas, pero no pude. Tampoco me dejó en claro si había alguien más ahí adentro, observando. Lo insinuó primero, después lo negó. Disfrutaba realmente con mi angustia.
Fueron siete horas de angustia y desesperación. Al final, solo pensaba en que quería que se terminara rápido todo de una vez.
   Me lastimó físicamente. Me humilló. Fui un objeto de mierda para un monstruo de mierda. Antes de dejarme ir me agarró la cara, me miró detenidamente y me dijo: “Ah, encima sos linda. Qué suerte que tuve”. ¿Hace falta que explique el ninguneo? ¿La basureada final?.
   Hay más, y faltan millones de detalles. Pero no me quiero exponer demasiado. Sentí vergüenza años por esto.
   Yo tenía 16.

   NO todos los hombres son machistas. NO todos los machistas son perversos. Pero sí existen muchos perversos. Muchos más de los que unx cree.
   Si pudiera le clavaría una estaca en el corazón y me reiría de su útimo aliento. Pero no puedo. Iría presa.
¿Y entonces?
              
Level 2

   Me gustaría que no hubiera sido gratis para él, porque para mí no lo fue. Lamentablemente no tengo posibilidades de “hacer justicia”. Pero creo que puedo aportar a que este tipo de cosas no sucedan como si nada en esta sociedad que disimula tanto. ¿Cómo? Hablando, visibilizando un tipo de situación espantosa que existió siempre y que no sólo me tocó a mí. 

(Dejo abierto el texto, creo que tengo mucho que pensar al respecto todavía.)

Tabú


   Me cuesta expresarme, todavía estoy en shock por lo que pasó con Micaela. Por un lado, obvio que me sorprende y me pone los pelos de punta que haya pasado acá. Por otro lado, no. En mi adolescencia sufrí acoso callejero reiteradas veces en esta misma ciudad. Conozco a otras chicas a las que también les pasó. Recuerdo que en esa época (los 2000), ni se hablaba de machismo ni de feminismo. Faltaban palabras, faltaba desnaturalizar la cacería humana de los “violines”. Faltaba desnaturalizar la violación. Y todavía falta…
   Después de esos acosos y de ser violada a los 16 años (y un par de cuestiones más que no vienen ahora al caso) me volví indefectiblemente feminista… Vuelvo a los años 2000: en esa época contarle a tus amigos/amigas que un tipo te había corrido por la calle era motivo de risa y hasta de burla. Cuando les conté lo de la violación se pusieron un poco más serios/serias y me dijeron “es que vos tenés que hacerte respetar”. La culpa era, para ellos/ellas, claramente, mía.
   Quitar esa culpa (injusta e injustificada) del cuerpo cuesta mucho. La percepción del propio cuerpo no vuelve a ser la misma después de haber sido tratada como un objeto, una muñeca de goma, una nada insignificante. Después de que tu dolor, tu voluntad, vos no importás. Vos no valés nada. Y sí, ya sé que no fue mi culpa, pero andá a decírselo al fucking inconsciente después de años de escuchar que toooda una sociedad te dice que es culpa de tu ropa, de tu actitud, de tu cuerpo, de tu comportamiento, de no hacerte respetar. Es como si te acostaras a dormir y escucharas una y otra vez el mismo audio con las mismas frases. Entran en tu cabeza (también) en contra de tu voluntad.
   No voy a hablar de las consecuencias. No me quiero extender demasiado. Sólo voy a decir que los mecanismos de defensa que desarrollé a partir de ese momento son una muralla infranqueable que todavía trato de derribar.
   Entonces, y justamente por todo eso, es que no me banco que venga cualquier boludito (perdón por el término pero no encuentro otro mejor) que no entiende nada, al que nunca le pasó nada ni parecido a esto y que tampoco tiene un miligramo de empatía, o cualquier misógino (persona que siente rechazo o aversión hacia las mujeres) a decirme “feminazi” y toda esa catarata de pelotudeces que quién sabe por qué se les ocurre decir para denigrar y ningunear esta lucha que viene de aaaaaaaaaños. De años míos, subjetivos, de luchar con mi propio inconsciente y de años objetivamente hablando, años del mundo, en que mucha gente, no sólo mujeres, se da cuenta del abuso de poder que se ejerce sobre las personas que no son hombres heterosexuales por el solo hecho de no ser hombres heterosexuales.
   No me gusta la violencia, no me gusta gritar, no me gusta enojarme, no me gusta llorar, no me gusta sentir impotencia, no me gusta sentir que las cosas no tienen arreglo, no tienen vuelta, que no hay remedio, pero sobre todas las cosas no me gusta el abuso de poder. No lo soporto. Y sé que no tengo porqué soportarlo. Y sé que si las leyes no me apoyan en eso las que están mal son las leyes, no yo.
   En ese momento no denuncié por vergüenza, porque me faltaban palabras, me faltaban conceptos, me faltaba comprender, porque me faltaba el feminismo. No quería exponerme, me daba vergüenza, no quería hacerle mal a mi familia, sentía que yo los iba a lastimar por lo que me había pasado, tenía miedo, pero sabía que el tipo no era un psicópata suelto. Era un hijo sano del patriarcado. Un misógino más de los tantos que hay. Uno de esos que hace chistes de minas, de esos que se matan por ser el más “macho” del grupo y demostrar que tiene el poder, que detenta el poder, que hace uso y abuso de poder porque eso está bien visto entre los “machos”. Y es eso, todo el sufrimiento que puede llegar a sentir una víctima de ese o de cualquier hijo sano del patriarcado es para que este tipo (u otro de estos tipos…) con cero inteligencia emocional y cero inteligencia en general, gane la competencia de pijas (poder) en el grupo de boludos.

   Así de básico. Así de neandertal. Así de injusto. 

Monólogo fantasmal

   El David de Miguel Ángel viene caminando hacia mí, pero sin mirarme. Tiene una especie de hocico negro de metal que es como un dispositivo, pienso, de seguridad que le han adicionado junto a los demás dispositivos (sigo conjeturando) que permiten que la escultura camine… Debo hacerme a un lado para que pase. Es un robot. El robot más hermoso del mundo.
   Por dentro la galería de arte es como una cueva pequeña, fresca y oscura. Me sorprende porque no es como había visto que era en las fotos. Ni siquiera se parece a una galería de arte.
   Sin darme cuenta me despierto allí, tendida sobre algo. Intento hablar pero no puedo. Tampoco puedo moverme. Quiero gritar pero no tengo voz. Miro la pequeña cúpula que se cierne sobre mí y confirmo que estoy muerta.
   Tal vez estoy muerta hace varias horas y las últimas experiencias vividas no fueron exactamente “vividas”. La muerte se me confunde con el sueño hasta tal punto que no entiendo como no existe un verbo para la muerte. Un verbo equivalente a “soñar” o “vivir”. Que signifique algo así como “estoy experimentando activamente la muerte”.
   Pero claro, ¿a quién se lo va a decir uno? No hay nada más solitario que esto. Hay otras personas o seres, pero no son auténticamente fantasmas que podrían hacerme compañía o al menos compartir estas absurdas y surrealistas experiencias. Son producto de mi imaginación, como todo lo demás. Y entonces ¿yo? Yo existo en mi muerte. Mi muerte es lo único que existe para mí y no puedo experimentar nada por fuera de ella. Es mi realidad. Y si puedo imaginar, entonces existo (gracias, Descartes).
   Cuando uno está vivo a veces el gran dilema es si la realidad depende de uno (“todo está en tu mente”) o no. Acá en la muerte es lo mismo, pero con la diferencia de que parece más evidente la primera opción que la segunda.
   Y ahora sí cabe preguntarse si hay algo más después de la muerte. ¿Moriré de esta muerte para despertar en otra vida-muerte? ¿Habrá otros niveles más de existencia? ¿Se superpondrán los niveles de existencia o, llamémosle dimensiones? Y la última y gran pregunta que me hago: yo que soy un fantasma ¿creo en ellos?


Epifanía

…Me doy cuenta de la existencia de un cuadro pequeño que siempre estuvo ahí. Me lo señala un ángel que me mira a los ojos. Sé que nadie más lo ve. Trato de ignorarlo esperando que la imagen del ángel desaparezca, pero no lo hace. Me sigue mirando y espera que vaya a descifrar un mensaje. Me acerco a él. Su cara es pálida, está vestido con ropa oscura, azul. Tiene alas y aureola. Toda la casa oscureció y se ha convertido en una casa paralela.

   Descuelgo el cuadro que tiene viñetas con dibujos y texto. Son seis viñetas. Artísticamente me parece maravilloso. Deduzco que el autor del cuadro es el ángel. Le pregunto qué quiso decir. Algo me explica, pero no logro entender del todo. O lo he olvidado. En ese momento, en mi casa, hay una reunión familiar y con gente conocida. Alguien cuenta acerca de un invento, un simulador de sensaciones. ¿Querés meterte en una pileta? El simulador hace que creas que estás en una pileta y lo sentís como si fuera real. Yo no estoy de acuerdo con que eso sea maravilloso y comienzo una discusión acerca de la verdad. Mientras tanto el ángel sigue ahí, mirándome, como esperando algo de mí. Decido irme a la calle a caminar para despejar mi cabeza…

   Al volver a mi casa me abre la puerta otro ángel, de remera amarilla. Me da la impresión de que es dulce, bueno y protector. Me siento a una mesa con tres ángeles más y les pregunto sobe el cuadro. Aparece el primer ángel e intenta asustarme. Los demás ángeles le dicen que no lo haga, y él repite dos o tres veces la frase “atacar o irse” como una ley universal o un mantra mientras me mira fijamente. Yo me voy y siento su mirada en mi espalda.

   Pienso que siempre me imaginé a los ángeles de otra manera, no así, tan tétricos como el ángel oscuro... Después, estoy de vuelta en la reunión familiar, en la dimensión correcta, en mi casa original. El cuadro que siempre estuvo ahí es en realidad un espejo. 



In the house again


   Dentro de la casa hay un teatro. También hay túneles y una bomba a punto de estallar en un lugar desconocido. De pronto tengo la certeza: sé que la bomba está en el escenario. En ese mismo instante desaparezco y aparezco afuera de la casa. La veo desde una distancia de una cuadra. En la parte superior, que supongo es un altillo, la pared desaparece ante mis ojos y veo sombras. Recuerdo súbitamente imágenes del altillo, desde diferentes ángulos. Comprendo que la clave está ahí y me aterroriza. 
   Hace cinco años caía agua de ese altillo, como una catarata, y parecía que toda la estructura iba a derrumbarse. En el zaguán tres ancianas muertas me esperaban y me decían amablemente que me fuera de allí, lo cual no consideré un consejo muy revelador. Ni siquiera inteligente.
   No hace mucho, la casa volaba. Era azul y estaba dividida en tres partes. Una de esas partes me correspondía. Misteriosamente un gato de angora gris y gordo entraba por la ventana y se instalaba en mi cama. Esa vez la casa tenía otro aspecto: era luminosa y aireada. Casi alegre. Lo raro fue cuando apareció un hombre gris, con el mismo gesto del gato de angora, que subió las escaleras prohibidas. Lo seguí y llegué al altillo. En el altillo había un baño que tenía una gran ventana abierta que daba al cielo. El hombre gris me aterrorizaba. Estaba siempre en silencio y aparecía y desaparecía misteriosamente. Del terror, quise escapar por la ventana, pero el hombre gris se encargó de hacerme saber que en realidad no tenía alas y lo que estaba por hacer era un suicidio.
    Cierta vez encontré el plano de la casa. Pude ver la ubicación de todas las innumerables habitaciones, los patios (internos y externos), los pasadizos secretos, el altillo, sótanos y demás. Indudablemente es un laberinto.

   La vez que maté a un hombre allí en defensa propia, pensé que la casa iba a desaparecer junto con él. Pero lo curioso es que sigue ahí, esperándome invisible con las puertas abiertas. 

                                                                                                                         Amanda Mandarina